Martina lo espera envuelta en un salto de cama comprado en los chinos y perfumada con un perfume de Chanel más falso que una moneda sin cuñar. Se deja abrazar por ella y enseguida se siente mareado por la intensidad de la fragancia. Le gusta. Martina no huele como su mujer. Doña Ana nunca se perfumaría con un perfume de bazar chino. Tampoco viviría en un piso con decoración zen en un barrio del extrarradio de Barcelona.
Don Fernando se sienta al lado de Martina en un sofá comprado en Ikea. Le habla de su empresa, un despacho de bogados que conoció mejores tiempos.
-Voy a tener que despedir a oro letrado.
-Bájale el sueldo.
-No es tan fácil.
-Preferirá cobrar menos y trabajar.
-Es del sindicato.
-Entonces despidelo.
Martina odia los sindicatos. en Buenos Aires tuvo problemas con ellos. Un día le contó que le hundieron su negocio de peluquería.
-Tenía sindicadas a todas las chicas. Un desastre.
-Gracias a ellas nos hemos conocido.
-Nos habríamos conocido igual. Tenía pensado comprar un piso aquí, en Barcelona. Era el destino, amor.
El piso se lo había pagado don Fernando con sus generosos cheques. Martina vivía bien. Iba a la peluquería, se hacía la manicura, la pedicura, compraba ropa barata y ahorraba. Siempre había sido muy capitalista.
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