Ayer fuimos a ver a la tía Luisa al hospital. Mi hermana se asustó al no encontrarla en su habitación. Pensó que había muerto y que no nos habían dicho nada. La tranquilicé. Tía Luisa no morirá hasta los ciento dos años, según lo que dice el tarot y el tarot nunca falla.
-Está en la sala de los muertos -insistía mi hermana-, ¡y sabe Dios a quien le ha dejado la herencia!
-Te prometió hacerte su heredera universal.
-Nunca me enseñó ese testamento que hizo en la notaría de Pablo y Pablo no quiere decirme nada.
Pablo es el eterno novio de mi hermana. Llevan catorce años juntos y todavía no se han casado. Dicen que lo harán ahora porque Loly está embarazada con sus cuarenta años recién cumplidos, pero, mi hermana todavía no ha organizado nada. Creo que espera a que tía Luisa le dé su regalo de bodas. Mi hermana siempre fue de hacer fiestas con el dinero ajeno.
Me da pena. La veo buscar a nuestra tía por los pasillos vacíos e intento consolarla.
-La tía está viva, mujer.
-No, Elena. Nuestra tía murió antes de darme mi regalo para la boda. ¿Cómo me casaré ahora? Ya sabes que Pablo no quiere pedir otro préstamo. Está hasta el cuello con la hipoteca de la casa.
-¡Mírala! ¡Está ahí!
Mi hermana echó a correr y abrazó a nuestra tía. La tía comía un menú de purés en la sala de los periódicos. Siempre le había gustado comer sola.
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