Le habían impuesto una pena ejemplar: diez años de prisión en la casa de su suegra. Así aprendería a hacer las tareas de casa y a respetar a su esposa. Lloró. Fue mojando los pañuelos de su abogado sin conseguir impresionar a las tres juezas.
-No es para tanto -lo consoló su abogado, un señor entrado en canas y en años, que acumulaba kilos en un cuerpo desbordado de grasas.
-Mi suegra es bruja -musitó Anselmo-. Lee el tarot y acierta.
No hubo perdón judicial. Anselmo tuvo que entrar en la casa de la madre de su esposa, la futura abuela del hijo que esperaban.
-¿Traes dinero? -le preguntó su suegra.
-Vengo a penar gratis.
-¡De eso nada! A mí me hay que pagar. Irás a trabajar con los barrenderos del ayuntamiento y me darás la mitad del sueldo. La ora mitad será para mi hija.
Barrer y sufrir. ¡Qué vida! Anselmo veía pasar los días triste, sin alegría. Por eso empezó a beber. Los chupitos le ponían una sonrisa todas las noches.
-¡Otra vez borracho! ¿De dónde quitas el dinero para emborracharte, desgraciado? -gritaba su suegra.
-De la economía colaborativa. Yo limpio los bares y los del bar me pagan con chupitos.
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