Entró disparando indiscriminadamente en el banco. Los empleados gritaron. Los clientes recibieron los tiros con carcajadas. Las balas rebotaban en las paredes como pelotas de pin pon. Seguía disparando cuando llegó la policía.
-¡Abajo las armas! -les gritó a los agentes.
-¡Rindase! -le contestaron.
-No marcho sin el dinero de los ricos.
Una señora abrió el bolso y sacó una cartera llena de calderilla.
-Aquí tiene mi dinero.
-Quiero más.
-Oigan, ustedes, denle a este hombre una limosna.
Riéndose, los otros clientes del banco sacaron sus monederos.
-¿Unos céntimos le llegan? -le preguntó un anciano al ladrón.
-Quiero más.
-Yo le doy un euro igual que al cura en la misa del domingo.
El ladrón pasó la gorra recogiendo monedas. Los policías le dejaban hacer. Los empleados del banco no entendían aquel atraco. Por eso les sorprendió la última ráfaga de metralleta: la que acabó con las vidas de los peces de una pecera con el color corporativo de la entidad financiera.
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