Las alumnas de Floricultura era guapas. Aprendían a alargar la vida de las flores con técnicas de disecado. Ninguna pensaba abrir una floristería. Como bien decía Laura, eran mujeres florero y se sentían realizadas con su papel de mujeres imprescindibles para sus maridos.
No es que todas estuvieran casadas. Digamos que, a efectos prácticos, tenían unas convivencia que podían catalogarse como convivencias matrimoniales. El que esas uniones no tuvieran un respaldo legal no significaba que no existieran.
Laura era la pareja de Luis. L y L. Se querían a su manera. Laura había encontrado en Luis un padre de facto para su hijo. El otro, el culpable del espermatozoide que fecundó su óvulo y acabó en un bebé nueve meses más tarde, no estaba ni se le esperaba. Laura llamaba a su abogado de vez en cuando para recordarle que tenía que reclamarle la pensión de alimentos del niño.
Aquel fin de semana Laura, y las chicas del curso de floricultura, estaban en plena excursión por la naturaleza segoviana. Tenían la suerte de que Luis se había quedado con todos los niños en Madrid. Laura no se imaginaba rodeada de niños en el Parque Natural del Hayedo. Su niño era muy miedica. Se horrorizaría mirando aquella colonia de buitres leonados que volaba sobre sus cabezas.
-¡Mira los de las piraguas! -chilló Isa, señalando a unos jóvenes musculados que remaban briosos en las Hoces del Duratón.
Laura quitó las bragas y las sacudió sobre su cabeza a modo de saludo. Parecía que no la veían. Isa se sumó al saludo con sus bragas rojas en la mano. Blanca fue más persuasiva: sacó las bragas y levantó la faldita dejando a ver lo mejor de su anatomía femenina. El joven de la última piragüa, reparó en el grupo de feminas desatadas. Fue lo último que vió antes de ser arrastrado por la corriente. Sus compañeros gritaron.
Luis estaba en el apartamento con siete niños. El mayor tenía diez años y el más pequeño dos añitos. Aquello era una guardería. Tomo un trankimazin con un vaso de whisky. Entonces se puso serio: ¿estaba enamorado de Laura?, se preguntó. Una niña se acercó para decirle que el niño más pequeño se había hecho cacolas.
-Huele muy mal.
-Gracias por avisar.
-Tienes que cambiarle el pañal.
-Que espere sentado.
La niña lo miró como lo miraba su suegra. Luis se sintió fuera de lugar. ¿Dónde estaban las chicas de la floricultura? Llamó a Laura. Nada. Seguía saliendo el maldito contestador automático. Entonces recordó que se alojaba en una casa rural donde no había cobertura. Había sido lista. Ella y sus amigas lo habían dejado con todo el marrón encima.
Los niños lloraban, reían, se peleaban, hacían ruido... Luis tomó el siguiente trankimazin esperando caer pronto en la somnolencia. Estaba quedando dormido cuando lo sobresaltó la pantalla del televisor. ¿Qué hacía Laura en el telediario de Televisión Española? Se incorporó en el sofá, subió la voz y escuchó a su último amor decir que las chicas del curso de floricultura habían presenciado el accidente de los piraguistas de las Hoces del Duratón. Laura estaba abrazada al más joven, el único que se había salvado. Explicaba cómo habían desaparecido los compañeros del casi adolescente piraguista. El joven tenía su mano derecha descansando sobre el trasero de Laura.
-¡Soy un cornudo! -gritó Luis.
Los niños seguían jugando sin hacerle caso. Luis empezó a llorar. Volvía a estar solo.
Yolanda Smith
Escritora Anónima
