La abuela llegó a su casa con su almohada de plumas. No traía más nada. Le dijo hola y se dirigió a su habitación. Ana fue tras ella. Lo de compartir cuarto con la abuela no le gustaba demasiado.
-¿Qué ropa pones mañana, nieta?
-¿Y a ti qué te importa?
-Quiero saber lo que puedo elegir.
Ana se quedó atónita. Su abuela abría las puertas de los dos armarios de la habitación y miraba modelitos.
-¿Me dejas unos vaqueros rotos?
-¡Abuela!
-Tengo que ir al médico. Llevaré estos vaqueros desteñidos con rotos grandes en las rodillas y una de estas camisetas sin mangas.
-¿Estás bien, abuela?
-Perfectamente, cariño. ¿Tienes por ahí un canuto?
-¡Abuela, por favor!
-Llevo toda la vida fumando marihuana a escondidas. Pensé que ahora podía fumar sin esconderme contigo. Mira, abrimos esta ventana y se va el olor a hierba. ¿Tienes o no tienes un canuto, nieta?
Ana negó con la cabeza. Entonces su abuela abrió el bolso y quitó una petaca. Empezó a liar un par de canutos. Ana empezó a pensar que la abuela iba a traer muy buen rollo a aquella casa. Lo seguía pensando el día que vio marchar a la abuela del brazo de un noviete jubilado que había conocido en unas vacaciones para jubilados organizadas por el Gobierno.
Yolanda Smith
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