Mi suegra es una gran vendedora. Me apasionan sus reuniones de negocios. Suele hacer desayunos de clientas muy interesantes. Alguna vez me sumo al café mañanero. No es que me interesen mucho el día a día de su próspero negocio. Voy por las pastas. Me muero por las galletas de nata que trae la vecina del 5º oliendo aún a horno. Las galletas calentitas son una delicia.
La madre de mi marido estaba esta mañana muy preocupada por la competencia. Otras vecinas del barrio se han iniciado en la misma actividad. La peluquera de la Asociación de Vendedoras Unidas que preside mi suegra, sacó del bolso una lista de competidoras. Quedé horrorizada cuando fue leyendo los nombres. Nombró a varias mamás de las amiguitas y amiguitos de mi niña. Bien sé que el negocio es muy rentable, pero yo pensaba que aquellas señoras eran funcionarias. Visten muy bien.
-Tú eres la que más vendes, Elena -le decía la peluquera.
-Quiero que siga el negocio alto cuando yo no esté. Mi hijo no trabaja y mi nuera -me señaló con su dedo acusador-, no vale para esto.
Me acordé de la carta que había en el buzón. Mi suegra la había guardado en la caja fuerte. Le había sacado hierro a la citación judicial para declarar por tráfico de drogas a pequeña escala. Mi suegra vendía marihuana desde que quedó viuda. Miré como saboreaba su café sin prisas. Ojalá, pensé, en prisión le sirvan buen café. Es lo que más le gusta.
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