No había nadie ni nadie vino. Santa María de Vigo, una aldea de grandes casas silenciosas, siguió siendo una aldea de puertas cerradas cuando el reloj marcó las ocho de la tarde.
Me asomé a la puerta y no olía a comida. Imaginé una cena de fiambres variados. En el pequeño parque una familia joven jugaba con su niño en los columpios. Estuve a punto de darles un folleto informativo, pero me abstuve.
La mujer, empujaba al niño del columpio. Miraba la puerta con ganas de entrar, pero no se atrevía y no se atrevió. Quedamos solos los cuatro de la lista condenada a perder las elecciones... si no se nos ocurría algo para darnos a conocer a los votantes.
Yolanda Smith
Escritora anónima
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