Tuesday, December 11, 2007

La luna de Maraquech, 4

Cuando despierta no ve a Marta. Ya ha amanecido. Le duele todo el cuerpo. Se mira. Arañazos, mordiscos, cardenales por todos los lados. Así no puede volver a casa. ¿Qué le iba a contar a Margot? ¿Qué había tenido un accidente? Sus heridas no eran de un accidente de tráfico. Su madre no iba a tragar la mentirijilla.

El agua de la ducha casi lo hace gritar. Pone agua fría pero poco mitiga su dolor.

La suave toalla le resulta como si pasara un estropajo por su dolorida piel.

Tiene que marchar cuanto antes. Alejandro está convencido de que no sobreviría a otra sesión de tortura. En la habitación no hay rastro de Marta. Alejandro se asoma a la ventana. Ve a Marta tomando el sol en el jardín completamente desnuda. Está loca. Si aparece un musulmán la lapida por escandalosa. ¿A qué hora vienen los sirvientes a limpiar la casa? Bueno... ¿pero es tonto? ¡Se está preocupando por la suerte de su torturadora!

Alejandro se afeita rápidamente. No aguanta la barba. Ni siquiera en un momento de huída puede marchar con la barba sin rasurar.

Por suerte no ha deshecho su maleta. Le facilitará una marcha rápida.

Pero en la maleta no está su ropa. Alejandro siente que le falta el aire. Nada. En ningún sitio. Los armarios están vacíos. Mira en la maleta de Marta. Imposible ponerse sus vaqueros de la talla treintaiséis. Las camisetas ombligeras femeninas tampoco le sirven.

Cuidadosamente doblada sobre el sillón calzador está la chilaba.

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Alejandro se siente como un delincuente. Corre hacía el consulado agradeciéndole a su memoria prodigiosa no haber olvidado la dirección.

No tiene pasaporte ni dinero ni ropa ni billete de avión... Lleva una maleta vacía y su desnudez cubierta por una chilaba algo grande para su talla.

Cuando ve una placa que pone "Consulado de España" acelera aún más su carrera.

Llama insistentemente al timbre.

-Abran, abran -grita-. Soy español.

La puerta se abre y Alejandro sube las escaleras hasta el tercero de cuatro en cuatro escalones. Una empelada marroquí lo mira con curiosidad.

-¿Español?
-Sí. Por favor, déjeme hablar con el cónsul.
-Cuénteme a mi su problema.
-No puedo... ¿Está el cónsul?
-Me tiene que contar a mi su problema -insiste la joven ataviada con velo musulmán.
-Se lo contaré al cónsul. ¿Cuál es su despacho?

Entorno a la recepción hay unos cuatro despachos con puerta azul. Alejandro abre la última puerta. La mujer protesta. Lo agarra del brazo.

Un hombre entrado en años fuma un puro humeante.

-¿Quién es, Amina?
-Uno que dice ser español.
-¡Soy español! y necesito su ayuda.
-Déjenos solos, Amina.

La mujer marcha sin contestar.