Recibí al sargento en mi despacho vestida con el chandal que siempre me pongo cuando estoy sola, fuera del horario de oficina. El sargento me traía un bogavante recién pescado como regalo por haber ganado el juicio. No era para tanto. En la audiencia previa ya se había arreglado el lío que tenía con los linderos de la finca de sus padres. También me traía margaritas. Las cogí e hice como que no leía una tarjeta que llevaba escrita una pregunta:¿ya no me amas?. Recordé el día en que el sargento descubrió en mi móvil la llamada de aquel azafato de avión con el que le había sido infiel. Volví a asustarme al recordar la reacción de mi sargento. Quería matarlo. Pobre azafato. Los únicos que ganaron en aquella vieja pelea nuestra fueron los de la compañía aérea: tuvieron a mi sargento de pasajero en muchos vuelos sin que la sangre nunca cayera de los cielos.
XIADA
---------------