UNA BOCA SENSUAL
Una mañana más de trabajo me espera, otro viaje en autobús con roces de ropa con ropa que me desagradan. Pienso. Es lunes y me queda una semana por delante antes de llegar al viernes y olvidarme de cinco días de semanas iguales. Vuelvo a la realidad del bus urbano cuando percibo su perfume masculino. Es del hombre que roza su brazo con el mío. Me gusta. Es alto, trenteañero, con los ojos castaños a juego con un pelo algo largo. Me fijo en su boca sensual y siento la necesidad de un beso de sus labios. Me gustaría morderle los labios hasta hacerlo gritar. Él se da cuenta de que lo estoy mirando. Me mira y sigue leyendo el periódico que apenas puede mantener abierto entre tanto roce de pasajeros.
Me pongo de puntillas para ver qué lee. ¡El horóscopo! Justo en ese momento el bus da un frenazo y yo pierdo mi equilibrio acabando sobre su pecho.
-Perdona.
-No ha sido nada.
-Gracias por no haberme dejado caer al suelo.
Me sonríe dejando ver una dentadura perfecta.
Se apea en la siguiente parada. Me vienen ganas de correr tras él, pero sigo mi camino al trabajo.
Paso un día interminable llevando papeles de un lado a otro de la oficina, contestando llamadas, atendiendo a clientes furiosos y sin poder sacarme de la cabeza al chico de la boca sensual.
Acabo el día casi sin tenerme en pie. ¿Volvería a coincidir con él? Sería demasiada casualidad y yo nunca he creído en las casualidades. Pero existen. Allí lo tenía, sentado con un asiento libre a su lado en la tercera fila del autobús.
-Tú eres la de por la mañana -me dijo nada más sentarme.
-Sí...
-Y te llamas Eva.
-¿Cómo lo sabes?
Me entregó una pulsera. ¡Mi pulsera de toda la vida! Entonces me explicó que se le había quedado enganchada en un botón de su camisa.
No sé cómo acabamos en mi casa. Me besaba, sus manos agarraban mi espalda y mis caderas. Me apreté contra su cuerpo bien musculado y acabé empujándolo sobre mi cama. Le arranqué la camisa y él me quitó el vestido de verano dejándome desnuda.
Sus manos recorrieron cada milímetro de mi cuerpo que ardía y le ofrecía sexo sin límites. Sentí que me elevaba con sus manos de albañil y me hacía suya y noté como los latidos de mi corazón se desbocaban. Quería más y más y más. Sentí como se derramaba en mis piernas recién depiladas. Me uní a su grito y caímos rendidos sobre la alfombra.
Cuando desperté él no estaba. Era noche. Todavía notaba su en la habitación. Pablo... Me había dicho que se llamaba Pablo. Entonces vi sobre la mesilla de noche un papel: ¿Cuándo quieres repetir?, decía, y me había anotado debajo de su pregunta su número de teléfono.
XIADA