La risa de Papa Noel se hizo amplia entre su barba agreste. Era un hombre alto, con caderas anchas y unos labios gruesos que dejaba ver unos dientes desiguales cuando sonreía. Antes de entrar en el salón se había mirado en el espejo del pasillo. Se bien en su traje de gala rojo, pese a que todavía se le veían los ojos algo llorosos. Ahora andaba con paso firme entre los niños y en su mirada se reflejaba el orgullo que sentía por el trabajo que estaba haciendo en la guardería Adelaida. En el momento de estrechar la mano de la cuidadora pensó en su hijo. Nunca estaría en una guardería porque había muerto las pasadas Navidades al beber la lejía espumosa en casa de su abuela. El pobre niño había pensado que era champán.
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