Wednesday, July 09, 2014

Diario de una mala ama de casa

 Nunca fue una buena ama de casa ni pretendió serlo. Sus comidas eran latas de conservas vaciadas en un plato que calentaba en el microondas. La fabada era su especialidad. Hasta le gustaba a su marido, un minero de la cuenca asturiana jubilado a los cuarenta años. Cuando ponía lentejas, su santo abría la cartera y dejaba un billete de cincuenta euros sobre la mesa de la cocina. Con sus comidas desenlatadas iba quitándole el dinero. Eran un tacaño borrachín.
 
 Genoveva intentaba ser feliz. Sus cuatro hijos, tres chicas y un chicona alegría por lo pronto que se le estaban yendo de casa. La niña mayor trabajaba de camarera desde los 12 años. La segunda siguió los pasos de su hermana mayor cuando cumplió los 13. Después venía el chico, un albañil que estaba sacando el carné de camión para ganar más dinero. La benjamina, todavía en el  colegio, hablaba de emigrar a Suiza.
 
 -Quiero ser millonaria -decía.
 -Come anda.
 -Nunca seré ama de casa. Odio la cocina y tampoco me gusta limpiar.
 -Pues tendrás que ir pensando en limpiar tu habitación, hija. La vecina se ha quejado del olor que sale de tu cuarto.
 -Chanel nº5, mamá. Esa bruja no sabe lo que es un buen perfume.
 
 Llegaba el padre  y se acababa la conversación. Madre e hija se refugiaban en la habitación que olía a Chanel nº5. Se escuchaban golpes en la cocina.
 
 -A papá no le gustó la paella, mamá -siseó la hija al oír romper los platos.
 -Hoy tampoco muere -se lamentó la madre.
 -¿Qué dices, mamá?
 -Que quiero ser viuda.
 
 Le contó a su hija su plan: matar al minero con una comida.
 
 -Ya probé liquidarlo con croquetas de perros, alpiste de pájaros, pienso para gatos y nada. Parece inmortal.
 -Yo te ayudaré, mamá. Se nos ocurrirá algo. Eso de ser niña huérfana me mola.