El champán estaba caro. Don Benito miraba los precios y sufría. Una Navidad sin una copita de cava no era Navidad. O compraba el champán o compraba el turrón. El dinero no le daba para las dos cosas. Don Benito empezó a pensar en robarlo. Los cajeros eran jóvenes y no desconfiarían de un dulce abuelito como él.
Don Benito agarró la botella más cara y la hizo desaparecer dentro del abrigo de paño que apenas lo protegía del frío. Después se encaminó hacia la caja. Tenía dos personas delante.
-¿Quiere pasar, señor? Se me han olvidado las fresas.
-Gracias.
La señora rubia que lo precedía en la cola echó a correr hacia la frutería. Don Benito colocó en la caja una tableta de turrón de chocolate y una piña del monte. El cajero lo saludó.
-Felices fiestas, hijo -le deseó don Benito.
-Felices fiestas, señor.
El joven no reparó en la mano que se metía debajo del abrigo azul marino. Don Benito salió del supermercado con una botella de champán caro. Su Carmiña iba a beber el mejor champán de su vida.
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