El médico se paró ante el depresivo. Era un viejo que aparentaba más de sus ochenta años cumplidos y se secaba las lágrimas con un pañuelo que tenía bordado el nombre de su joven esposa.
-No llores, hombre -le dijo-. Tu mujer se fue con tu hijo. Todo queda en familia.
-Estoy ansioso, doctor -solloza el viejo-. Ayer casi los mato con la escopeta. Le disparé a una rueda del coche, pero el tiro no alcanzó el neumático.
-Acabarás matándolos. Vuelve a intentarlo.
El hombre de la bata blanca soltó una carcajada que escuchó el mendigo que dormía en una esquina de la calle. El indigente se sumó a las sonoras carcajadas del médico. Iban a morir de risa. El viejo se asomó a la ventana de la consulta. ¿Quién se estaba riendo de su pena?...
-Puedes tirarte si quieres -le dijo el médico-, pero toma antes esta pastilla de Prozac. Así serás feliz.
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Yolanda Smith