El abuelo era un optimista que creía en el progreso. Se creía un hombre con suerte. Siempre había progresado. Nos hablaba de una infancia en una casa del Lugo rural a donde llegaban los peregrinos buscando un sitio donde dormir.
-Eran pecadores -nos decía-. Mi padre nunca les negó un techo. Mi madre les daba un látigo para que se autoflagelaran.
-¿Y lo hacían? -le preguntaba.
-Los alemanes no lo hacían. Uno me llamó primitivo porque iba descalzo. Mi padre lo echó de casa. Eran muy pecadores -insistía.
Mamá recogía la mesa. A mamá nunca le interesaron las historias del abuelo y menos después de la cena. Mamá era una mujer de presentes, no de pasados. Le preocupaba el desempleo eterno de papá o el precio del aceite de oliva.
-Vamos a acostarnos -dijo.
-Estoy hablando de mis padres -protestó el abuelo-. ¿Sabes que mi padre era comunista?
-Así le fue.
Mi padre era minero y defendía la igualdad.
Se apagó la luz. Mamá se acordó de toda la familia del Presidente del Gobierno. El abuelo empezó a rezar. Comprendí que estaba loco. Tal vez mamá también lo estuviera. ¿Y yo? No, yo no. Yo quería ser funcionaria y empezar a creer que progresábamos.
YOLANDA SMITH
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