Juana llegó de África con un niño negro en los brazos. Era el hijo de un hombre extraordinario, le dijo a su madre, y doña Concha se imaginó al médico de color que había enamorado a su hija., Sería médico, pero no la convencía como yerno.
-Lo dejamos, mamá.
-Menos mal, hija.
-Volveré a trabajar en la joyería de papá. Mi etapa en el Congo ha terminado.
-Será mejor que digas que Pablito es adoptado, hija. No quiero que te critiquen.
-Es mi hijo. Yo lo parí.
-Nadie lo diría. Es más negro que el carbón del Rey Baltasar.
Pablito se convirtió en el juguete de la casa de los padres de Juana, pero pronto se cansaron del niño. Juana pasaba cada día más tiempo en la joyería desde que prescindieron de la vendedora que ayudaba a su padre. Doña Concha empezó a quejarse de que los llantos del nieto no la dejaban dormir. Don Juan nunca le hizo caso al niño. Por eso se alegró cuando su hija decidió darlo en adopción.
-Me dijeron que la abogada Inma quiere un niño. Le daré el mío.
-¿Esa solterona?
-Sólo tiene 38 años, mamá.
-Pobre niño.
-Seguro que es feliz. Inma puede pagarle una buena niñera y unos estudios en los mejores centros escolares.
La abogada adoptó a Pablito. Le dijo a todo el mundo que era hija suyo. Lo había tenido de un negro que conoció en sus tres días de vacaciones en el Congo.
-No necesité más tiempo para quedar embarazada -le decía a sus clientes-. Pablito es el hijo que siempre había soñado.
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