Alberto se sentía como en casa escuchando Radio Nacional de España por Internet. Escuchaba oyendo, pero sin oír. El run run lo hacía feliz en su pequeño apartamento de Nueva York.
Los únicos momentos en que prestaba atención a la radio era cuando escribía sus crónicas sobre la guerra de Siria, una interpretación muy personal de los informativos de la radio pública. Las vendía muy bien.
Alberto regresó a Madrid con un brazo enyesado y la ropa haraposa. Sus compañeros de El País lo recibieron con una gran ovación. Era un héroe. Alberto también se sentía héroe: se necesitaba valor para aguantar un yeso colocado en su brazo izquierdo por un albañil polaco.
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