Eugenia entró en el piso escuchando el ruido de sus tacones. ¿No vivía nadie en el edificio? Se lo preguntó a la chica de la agencia, una mujer próxima a los cuarenta, sin mucha cosmética y menos peluquería.
-Es un edificio muy tranquilo -le explicó-. En el ático viven dos viejas, la señora del último piso está en la cárcel, los vecinos del segundo creo que andan por Benidorm y el bajo ya ha visto usted que tiene una tienda de ropa cara.
-¿Por qué está en la cárcel la del tercero?
-Mató al marido y la encarcelaron.
A Eugenia le recorrió la espalda un escalofrío. Ella no sería capaz de matar a un marido, ni siquiera al suyo, un hombre más casado con la bebida que con ella. Muchas veces le deseó la muerte, pero sus deseos nunca lo mataron. Sigue vivo y con buena salud, pese a beber cinco botellas de vino diarias más alguna cerveza y, de vez en cuando, unos cubatas que matarían a un abstemio con sólo mirarlos.
-¿Le gusta la cocina?
Eugenia se sacudió los pensamientos. ¿La cocina? Normalita. La nevera era peor que la suya y lo mismo podía decir del microondas. Lo abrió.
-Este microondas está sucio.
-Hace años que no viven en la casa.
-¡Mire las alacenas! ¡Por Dios! Aquello es una araña. Este piso no me vale, señora. Enséñeme otro, por favor. Quiero ver el piso de la mujer encarcelada.
-¿El tercero? Sólo lo alquilan.
-Es igual. Un piso alquilado también me vale.
Subieron al tercero. Eugenia contó las escaleras mientras subía para tranquilizarse. Iba a ver el piso donde se había producido un asesinato. Cuando la chica de la inmobiliaria abrió la puerta, a Eugenia le olió a sangre.
-Huele a matanza -comentó.
-¿Cómo?
-Huele como cuando matábamos los cerdos en la aldea.
No se veían restos de sangre en el suelo. Eugenia pasó el dedo por la pared del dormitorio. Nada. Ni una salpicadura.
-¿Qué empresa de limpieza tienen?
-¿Por qué?
-Está todo muy limpio.
-No sabría decirle.
-¿Cómo mató la señora al marido?
-Lo envenenó con detergente de la lavadora.
-¡Qué buena idea!
-Se lo echó en la sopa.
-¡Genial!
-No la entiendo a usted, ¿sabe?
-Yo tampoco me entiendo. ¿Aquí hay una terraza? ¡Vaya! ¡Qué vistas! Se ve todo el cuarto de baño de los vecinos.
-Parece que la llaman.
Eugenia rechazó la llamada. Era su marido. ¿Cómo se le ocurría llamarla cuando estaba haciendo turismo inmobiliario? Le había dicho que iba a la peluquería, recordó.
-Me gusta el cuarto de baño. Tiene cortinita en la bañera. A mí no me gustan nada las mamparas. ¡Y qué espejo! El inodoro se ve antiguo.
-Lo usaron mucho -le explicó la chica de la agencia.
-El bidé debieron usarlo menos. Se ve más nuevo.
La chica miró el reloj sin disimular y le preguntó si se quedaba el piso.
-Sólo le costará 500 euros al mes, comunidad incluida.
-Prefiero ver otros. El lunes quiero ir a ese edificio antiguo que le dije y ver los áticos.
Nunca había vivido en un ático. Su marido quiso comprar en su día un piso primero y sus hijas compraron también pisos en primeras plantas.
------------------
Yolanda Smith
Escritora Anónima
---------------------------
| Lo más fashion newyorkchic1.blogspot.com |