Monday, July 20, 2020

La turista inmobiliaria

Eugenia entró en el piso escuchando el ruido de sus tacones. ¿No vivía nadie en el edificio? Se lo preguntó a la chica de la agencia, una mujer próxima a los cuarenta, sin mucha cosmética y menos peluquería.
 -Es un edificio muy tranquilo -le explicó-. En el ático viven dos viejas, la señora del último piso está en la cárcel, los vecinos del segundo creo que andan por Benidorm y el bajo ya ha visto usted que tiene una tienda de ropa cara.​
 -¿Por qué está en la cárcel la del tercero?​
 -Mató al marido y la encarcelaron.​
 A Eugenia le recorrió la espalda un escalofrío. Ella no sería capaz de matar a un marido, ni siquiera al suyo, un hombre más casado con la bebida que con ella. Muchas veces le deseó la muerte, pero sus deseos nunca lo mataron. Sigue vivo y con buena salud, pese a beber cinco botellas de vino diarias más alguna cerveza y, de vez en cuando, unos cubatas que matarían a un abstemio con sólo mirarlos.​
 -¿Le gusta la cocina?​
 Eugenia se sacudió los pensamientos. ¿La cocina? Normalita. La nevera era peor que la suya y lo mismo podía decir del microondas. Lo abrió.​
 -Este microondas está sucio.​
 -Hace años que no viven en la casa.​
 -¡Mire las alacenas! ¡Por Dios! Aquello es una araña. Este piso no me vale, señora. Enséñeme otro, por favor. Quiero ver el piso de la mujer encarcelada.​
 -¿El tercero? Sólo lo alquilan.​
 -Es igual. Un piso alquilado también me vale.​
 Subieron al tercero. Eugenia contó las escaleras mientras subía para tranquilizarse. Iba a ver el piso donde se había producido un asesinato. Cuando la chica de la inmobiliaria abrió la puerta, a Eugenia le olió a sangre.​
 -Huele a matanza -comentó.​
 -¿Cómo?​
 -Huele como cuando matábamos los cerdos en la aldea.​
 No se veían restos de sangre en el suelo. Eugenia pasó el dedo por la pared del dormitorio. Nada. Ni una salpicadura.​
 -¿Qué empresa de limpieza tienen?​
 -¿Por qué?​
 -Está todo muy limpio.​
 -No sabría decirle.​
 -¿Cómo mató la señora al marido?​
 -Lo envenenó con detergente de la lavadora.​
 -¡Qué buena idea!​
 -Se lo echó en la sopa.​
 -¡Genial!​
 -No la entiendo a usted, ¿sabe?​
 -Yo tampoco me entiendo. ¿Aquí hay una terraza? ¡Vaya! ¡Qué vistas! Se ve todo el cuarto de baño de los vecinos.​
 -Parece que la llaman.​
 Eugenia rechazó la llamada. Era su marido. ¿Cómo se le ocurría llamarla cuando estaba haciendo turismo inmobiliario? Le había dicho que iba a la peluquería, recordó.​
 -Me gusta el cuarto de baño. Tiene cortinita en la bañera. A mí no me gustan nada las mamparas. ¡Y qué espejo! El inodoro se ve antiguo.​
 -Lo usaron mucho -le explicó la chica de la agencia.​
 -El bidé debieron usarlo menos. Se ve más nuevo.​
 La chica miró el reloj sin disimular y le preguntó si se quedaba el piso.​
 -Sólo le costará 500 euros al mes, comunidad incluida.​
 -Prefiero ver otros. El lunes quiero ir a ese edificio antiguo que le dije y ver los áticos.​
 Nunca había vivido en un ático. Su marido quiso comprar en su día un piso primero y sus hijas compraron también pisos en primeras plantas.​
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Yolanda Smith​
Escritora Anónima​
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