Doña Clara abrió con ímpetu la puerta de la sede del Partido Popular de Castellón con ímpetu, entró en la estancia pisando fuerte y gritó un ¡cobardes! que hizo levantar cabezas.
-Rompo este carné -dijo-. Lo rompo porque sois unos cobardes, canallas.
Dos administrativas miraban temerosas como doña Clara rasgaba con sus manos regordetas un carné de afiliada al Partido Popular. Una, la empleada más mayor, pensó que doña Clara protestaba por los recortes en Sanidad.
-Mi madre también tiene que pagar las medicinas, señora, y es viuda.
-Ustedes son unos asesinos.
-Cálmese, señora.
-Rajoy no tiene corazón.
Doña Clara dejó caer los trozos del carné roto a sus pies. Los pisó con los tacones de sus zapatos comprados en rebajas. La administrativa joven se levantó y se dirigió a la máquina de los cafés de vaso de plástico. Estaba de los nervios. Había empezado el día encontrando una llamada perdida de teléfono desconocido en el móvil de su marido. Otra amante. ¡Y llevaba seis en dos años de matrimonio! Maica bebió el café de golpe. Era una infeliz. Envidiaba a su compañera. María Jesús ya era abuela y su marido nunca le había sido infiel. También envidiaba a aquella loca que gritaba estes en contra del Partido Popular. Una mujer libre gracias a una enfermedad mental.
-No puedo ser de un partido que está a favor de los toros.
-¿De los toros? -preguntó Maica espantada.
-¡Sí! Ahora no soy del PP y no los volveré a votar. Dígaselo al señor Rajoy.
-Eso le diré -le prometió Maica mientras se servía el segundo café-. Al señor Rajoy le gustará saber que usted abandona nuestro partido.
Doña Clara le dio un inesperado puntapié a la máquina del café y un surtidor de café con leche salió del armatoste salpicando papeles y ordenadores.
-¡Policía! -gritó Maica, y volvió a gritar cuando vio como doña Clara empezaba a patear el radiador. Aquella mujer estaba loca de verdad.
María Jesús seguía a lo suyo: escribía un e-mail a un nieto mayor aprovechando el Internet gratis de la oficina. Un diputado se asomó a la puerta de su despacho.
-¿Llamasteis a los municipales? -peguntó-. Esa mujer nos está jodiendo la oficina.
Doña Clara se hacía sangre dando puñetazos en el ordenador de María Jesús. ¡Toros no! gritaba. María Jesús seguía tecleando con el teclado sobre sus rodillas.
-Un momento, señora.
-¡Toros no!-insistía doña Clara.
-Permítame acabar.
-¡Toros no!
La hija de doña Clara recibió una llamada a las cuatro de la mañana.
-Su madre está en la enfermería de la cárcel. Soy el médico.
-¿En la enfermería de la cárcel? ¿No había sitio en el hospital?
El médico le explicó como doña Clara había llegado a la prisión provincial. Clarita no daba crédito a sus oídos. ¿Mamá en la cárcel? Pensó en su padre solo en la masía y lloró. ¿Cómo le iba a decir que encarcelaran a mamá?...
También estaba en la cárcel doña Aurora, la mejor amiga de su madre, recordó Clarita. Le habían caído dos años de prisión por robar una colonia en un supermercado. Tal vez mamá también había robado algo. Clarita no la imaginaba manifestándose en una sede del Partido Popular contra los taurinos. Mamá nunca fue de armar barullo. Era una mujer tranquila que planchaba, cosía, cocinaba, leía cuentos a sus nietos,... Era una santa.
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