Había llegado el cheque del tío. Doscientos cincuenta euros, ni uno más ni uno menos. Papá corrió al banco a cobrarlo. El sobrino quedó esperando, asomado a la ventana que daba a la calle. Tenían la mala suerte de vivir sobre una funeraria con tanatorio; por eso el sobrino estaba triste y papá enfadado. Papá quería vivir en un chalé como el tío, en un chalé con jardín.
-Para eso hay que ser cura -decía-. Mira tu tío: chalé, coche, dinero y mujeres.
-Dicen que es bisexual.
-¿Dónde lo oíste?
-Me lo dijo su criada.
Desde entonces papá fue por todas las televisiones contando que su hermano cura era maricón a medias. Quería un directo, pero nunca le hicieron hueco en un programa, sólo pasaron una llamada suya en la radio. Papá llamó a su hermano cura para decirle que lo había sacando del armario.
-Eres un cabrón.
-También les dije que dices palabrotas.
-Olvídate del dinero.
-Oye, el dinero no me lo toques. Recuerda que tienes un sobrino tonto.
-Puede trabajar.
-Tú síguenos mandándonos el cheque.
-No vuelvas a llamar a la radio.
Papá le dijo que seguiría llamando. Estaba decidido a contar su bisexualidad a todo el mundo. El tío colgó.
El sobrino estaba más interesado en los clientes de la funeraria que en la bisexualidad del tío cura. Desde la ventana espiaba las lágrimas de las viudas. Pocas veces moría gente joven. Los jóvenes eran hijos, nietos, nueras, yernos, mujeres y maridos de la generación más joven de la familia del abuelo. El sobrino los veía leyendo esquelas, fumando, diciendo que iban a tomar café. Llegaba hasta la ventana el olor de café de cafetería. El sobrino salivaba. ¡Qué olor! Cerraba la ventana y corría a la cocina. Allí tenía café de pota. El sobrino se servía una taza.
Papá nunca miraba por la ventana. Si lo hacía, era para echar pestes. Odiaba a las familias de los muertos y odiaba todavía más al dueño de la funeraria.
-Ese hombre se está haciendo rico.
-¿Más rico que el tío?
-Mucho más, hijo. Cobra por dejar llorar en su casa.
-Nosotros podríamos hacer lo mismo.
-¡Ni hablar!
-Yo los pondría a llorar en la cocina y les daría café de pota.
-Eres tonto.
-Eso dicen, tú el primero.
-¿No se te ocurre otro negocio mejor?
El sobrino del tío cura dijo que no. Papá le propuso denunciar al tío por abusos sexuales.
-El obispo nos pagaría una pasta y tu tío acabaría en la cárcel. ¿Qué dices?
-Prefiero trabajar en una funeraria.
-Eres tonto.
-Ya me lo dijiste.
Papá regresó a las televisiones y radios. No le hacían caso y se enfadaba.
-Mi hijo sólo me tiene a mí. Su madre murió hace muchos años. Un accidente -sollozaba.
-No llore, hombre -le dijo una locutora de radio-. Los oyentes se ponen nerviosos.
-Tengo cincuenta y cinco años.
-¿Cuántos años tiene su hijo?
-Cumplió el martes 29.
Y siguió hablando de los abusos sexuales. Su hijo estaba en la ventana. Su hermano cura decía misa por una rica señora muerta a los 86 años. La locutora le cortó la llamada. Papá siguió hablando.
Yolanda Smith
Escritora Anónima
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