¿Se puede vivir sin dinero? Alberto lo intentaba. Las noches las pasaba en el piso de una viuda que deshojaba la margarita. La mujer era un mar de dudas. Le gustaba Alberto, pero temía perder su pensión de viuda. También la asustaba la reacción de sus hijos cuando supieran que compartía lecho con un hombre bastante más joven que ella.
Para proveerse de ropa tenía Alberto que echar mucha imaginación al asunto. Consiguió vestirse alguna vez robando maletas en la estación de autobuses. Pero Alberto prefería la ropa nueva. Por eso robaba en los grandes almacenes. Nunca lo cogieron. Los responsables de seguridad sólo se fijaban en los clientes que entraban en las tiendas mal vestidos.
Alberto iba vestido de punta en blanco. Los zapatos relucientes de betún, el pantalón bien planchado, la camisa blanca sin una mancha. Nadie diría que era un buscavidas. La viuda que compartía sus noches creía que era arquitecto. Alberto tenía la costumbre de dibujar casas. Las dibujaba hasta en el papel higiénico, cosa que su enamorada consideraba sexy. Marisa, así se llamaba la buena mujer, guardaba como tesoros los rollos de papel higiénico llenos de urbanizaciones.
Un día Alberto decidió escribir un libro. Aquella vida suya tenía que contarla. Tituló sus memorias "La vida de un comunista" y empezó a escribir el manuscrito.
-¿Qué escribes, mi vida? -le preguntaba su enamorada.
-Un e-mail a mi tío de Buenos Aires.
-¿A tu padrino?
-Al mismo.
-Yo voy a dormir.
Y Marisa se retiraba a su habitación de paredes azules y suelo enmoquetado. Pasados diez minutos, los ronquidos de la anciana llegaban a los oídos de Alberto.
Acabó el libro y lo llevó a una editorial.
-Le traigo mis memorias -le dijo a la secretaria del director.
-¿Quién es usted?
-Alberto, amante de Marisa la vieja viuda del barrendero de la calle Juan Flórez, huérfano de un carnicero de la plaza de Lugo, descendiente de un maqui, nieto de un jornalero, primo de un concejal, sobrino de un gallego de Buenos Aires,...
La secretaria del director de la editorial no daba crédito a sus oídos. Tenía ante sí a un loco.
-No nos interesa.
-¿Cuánto me pagan?
-No nos interesa, señor.
-Se las vendo a crédito. ¿Le parece bien pagarme un millón de euros dentro de un año sin intereses?
-No, señor.
-¿Quiere mis memorias gratis?
-Tampoco, señor.
Aberto se dejó caer en una silla y le fue contando su vida a la secretaria de pelo cardado y cara sin pintar.
-Siempre he vivido sin dinero -le confesó-. Como los comunistas de verdad. Ahí le dejo el manuscrito.
La secretaria agarró las hojas pasadas a ordenador y las tiró a la papelera cuando Alberto salió por la puerta.
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Yolanda Smith
Escritora Anónima
| ¿Comprar leña? Pues sí. Como dice mi suegra, regresamos al pasado. La madre de mi marido recuerda aquellos años de la postguerra española en la que se vendían troncos de leña en las ferias de las ciudades y pueblos del país, sobre todo de las ciudades. las cocinas funcionaban con leña y carbón. sevende5.blogspot.com |