Wednesday, July 18, 2007

Nashima, 1


Hace un año que comenzó la guerra y, según algunos, ya ha terminado. Nashima no está tan segura. Si ya no hay guerra ¿por qué no se van los americanos?. Seguro que acaban por quedarse como quisieron hacer los soviéticos. Entonces habrá otra guerra. Más muertos. Más viudas. Más niños hambrientos.

De eso Nashima sabe mucho. Con sólo veinte años ya es viuda. Su marido murió defendiendo Kandahar de las tropas del Norte. Su suegra le dijo que debía sentirse orgullosa: Aziz es un mártir. Ahora está en el paraíso. Lástima de un trozo de ese paraíso para ella y sus tres hijos.

Su marido sería un muyahidin de la yihad pero no con su beneplácito. Nashima se preguntaba para qué tanta guerra por muy santa que fuera. Si ella fuera hombre, lo último que sería era un guerrero sagrado. Un muyahidin.

El ruido de un coche la devolvió a la realidad. Miró hacia atrás. Se aproximaba un automóvil nuevo levantando una nube de polvo. Así debía haber sido su Aziz. Un hombre listo como estos que contrabandean con Paquistán, tienen muchos afganis, compran coches japoneses y no dejan a sus mujeres viudas y a sus hijos huérfanos.

Pero Aziz siempre fue un tonto. Cuando no luchaba para defender a los talibanes, se ganaba la vida con trabajos extenuantes: coció ladrillos en una fábrica próxima al aeropuerto, transporto alfombras en una carretilla de madera, ... Siempre de esclavo de hombres influyentes y poderosos. Decía que sus jefes le tenían mucha estima por ser tan honrado. Podía preguntarle ahora al de las alfombras cuánto lo apreciaba. La semana pasada fue a pedirle una carta de recomendación para que el Gobernador la autorizase abrir un taller de confección y no la quiso recibir. Allí no entraban talibanes le dijo el vigilante. No entrarían, pero dentro había uno y de los grandes: un antiguo muyahidin reconvertido a la nueva causa. Sin duda, la amistad con los americanos lo había transformado.

En kandahar abundaban los conversos. Nashima comprendía que sus compatriotas se sintieran tan atraidos por los dólares sobre todo cuando escaseaban los afganis. Los militares estadounidenses eran los principales clientes de los comerciantes. Se habían instalado en el aeropuerto de la ciudad, en medio del desierto. Allí guardaban sus helicópteros apache, camiones, carros de combate y vehículos blindados. Nashima se acercó una vez al complejo de barracones prefabricados buscando a Aziz. Se resistía a creer que había muerto. Sólo tenía treinta años. Cubierta de pies a cabeza con un burka azul fue a mirar si su marido era prisionero de los americanos. Después de consultar a un jefe, el soldado de la entrada le indicó que lo acompañara. La llevo hasta una hilera interminable de jaulas de alambre. Allí estaban los prisioneros.

Nashima sintió odio. Un odio sin límite hacía los americanos. Aquello era humillante. Los hombres que habían defendido su ciudad con uñas y dientes durante semanas estaban encerrados en gallineros. Les habían quitado los turbantes y la ropa tradicional. Todos llevaban un buzo naranja. Parecían clónicos. Nashima reconoció a algún vecino, pero no encontró a su marido. El soldado le mostró una tarjeta en pastho. Ponía: "Consulte la lista de fallecidos en la oficina del Gobernador de Kandahar". Menos mal que sé leer, pensó Nashima. En Afganistan no todos saben.

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Por fin llegó a su casa. Era una casa pequeña rodeada de un jardín. La planta alta había sido destrozada por la metralla durante la guerra. Las ventanas estaban rotas. Nashima y sus tres hijos vivían en la planta baja.

Noriya, su hija mayor salió corriendo a recibirla.

-Mami, mami, ¿verdad que voy a ir a la escuela?.
-Claro, cielo.

La niña le hacía varios cientos de veces aquella pregunta al día.

-¿Cuándo iré?
-Pronto.

Los extranjeros habían reparado la antigua escuela femenina. Decían que ahora las niñas podían escolarizarse. Ojalá fuera así.

Nashima se sentó en el suelo con sus dos hijos mayores entorno al mantel. A la pequeña Bebi ya le habían dado su biberón de leche de cabra. Su madre había preparado la comida. Siempre era lo mismo: mucho arroz, verduras del jardín reconvertido en huerto y algo de pollo; para beber dug o té verde.

-Abuela yo no quiero té.

Nashima agarró a su madre del brazo cuando ya se levantaba para cumplir el capricho de la nieta.

-Noriya, no somos ricos para tomar siempre dug. Da gracias a tu madre si puedes tomar yogur alguna vez.
-El dug es yogur con agua -replicó la niña.
-¡Vaya!, la señorita quiere comer como los americanos.
-No le riñas a la niña -pidió la abuela-. También tú pedías dug continuamente a su edad. A los niños les gustan los dulces -le sonrió a la nieta-. Mañana, si Alá quiere, tendrás dug, cariño.

Nashima se mordió los labios para no contestarle a su madre. Alá nunca quería. Si ella esperara por sus milagros morirían todos de hambre en aquella casa.