Monday, November 17, 2014

Mi marido nipón

 No estaba soñando. Me había casado con un japonés. Mi marido nipón roncaba igual que un marido español en su lado de la cama del hotel. Había dejado su reloj de oro sobre la mesilla de noche. El reloj marcaba las seis de la mañana.

 Me levanté y me asomé desnuda a la ventana. Delante del hotel había una playa que había dejado de ser virgen desde que la llenaron de tumbonas y sombrillas. Apenas llegaron a mis oídos los gritos de unos turistas que se iban de excursión a los arrecifes próximos. Aquello debía ser el paraíso, pensé.

 Mi marido nipón seguía durmiendo y roncando. Busqué en su cartera dólares para ir de compras por las boutiques de la isla. Entonces despertó.

 -Pide el desayuno -me ordenó.
 -Puedes pedirlo tú-le contesté.
 -¡Quiero comer!

 Aquel hombre parecía un macho ibérico desubicado. Llamé a recepción y pedí que nos subieran bacon, salchichas y dos cafés grandes.

 -¿Te gusta Hamilton Island? -me preguntó.
 -La iglesia es preciosa, pero muy pequeña. Media cola del vestido me quedaba fuera. Lo vi en las fotos.
 -Hoy iremos a la casa de George Harrison.
 -¿No está abandonada?
 -Mejor. Así podremos okuparla.

 Lo miré horrorizada. ¿Con quién me había casado? ¿Con un okupa?

 -Antes de la boda conseguí un coche eléctrico. Iremos en el coche.

 La camarera entró con el desayuno. Devoré literalmente el bacon y las salchichas. Mi marido nipón bebió las dos tazas de café. Después se fue a duchar.

 Era media mañana cuando subimos al cochecito eléctrico. Me recordó los coches de los campos de golf. Mi marido nipón conducía con una lentitud exasperarte. Más exasperarte aún me resultó la casa del Beatle que mi esposo quería okupar. Estaba abandonada y rodeada de maleza.

 -Volvamos al hotel -le rogué.
 -¿No quieres verla por dentro antes de traer las maletas?
 -No, cariño. Prefiero traer el equipaje antes de poner mis pies ahí dentro.

 Mi marido nipón condujo en sentido contrario. Llegamos al hotel donde nos esperaba Genoveva, la chef del restaurante donde habíamos celebrado la boda. Quería cobrar.

 -Mañana recibirá el cheque -le prometió mi esposo-. Hoy sólo le pagaremos al cura.
 -Tienen que pagar.
 -Mañana -insistió mi marido nipón, y me arrastró escaleras arriba.

 Aquello se ponía feo. Me había casado con un japonés pobre. Debí haberlo sospechado cuando se negó a casarse en su país. Decía que casarse en Japón era muy caro.

 La chef nos siguió escaleras arriba. Aporreaba la puerta. Gritaba. Aquello era una pesadilla.

 -¿Eres feliz? -me preguntó mi marido.
 -En absoluto.
 -Estás en la isla más exclusiva del mar de coral.
 -Estaré, cariño, pero en Vallecas, en mi barrio, se vive mejor. Allí nadie me aporrea la puerta.

 Mi marido nipón abrió una botella de champán. Brindamos. La chef Genoveva seguía gritando. Cuando cesaron sus gritos habíamos hecho el amor tres veces. Mi marido nipón empezó a roncar. Yo empecé a hacer mi maleta.

 Me iba. Faltaba una hora para que un avión me sacara de la Hamilton Island. Con mi barra de labios roja escribí en la sábana superior de la cama "te dejo". También dejaría mi trabajo en Japón. Regresaría a Madrid. Cuando salí del hotel los excursionistas regresaban de su viaje a las playas vírgenes.

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