Dos niños rubios hijos de una madre rubia. Un barrio caro. Un padre vestido con traje de mando. Aquello era la felicidad. Eloísa los mira desde el bus y se compara con la mujer rubia sin sonrisa.
Ella no es feliz. Su marido no pone traje y corbata. Viste con vaqueros baratos. Sus hijos son dos torbellinos agitados por la crisis. Un día sí y otro también le llegan a casa con las mochilas más llenas.
-No robéis, niños -les pide-. Hay que ser honrados.
-La libreta era de una niña que esperaba el autobús de un colegio pijo, mamá -le cuenta su niña.
-La mochila era del hermano de la pija -le sigue contando su hijo, un preadolescente atormentado por el acné-. La madre le puede comprar otra mochila con ruedines.
Eloísa piensa que los niños a los que robaron sus hijos podrían ser los niños de la parada del bus. Suspira cansad. Por lo menos, piensa, le roban sólo a los ricos.
