Thursday, February 05, 2015

Todos los hombres matan

 No lo esperaba. Le había dicho que no volvería por Cádiz. Estaba cansado de vivir en una casa con una habitación minúscula y una cocina que hacía las veces de salón. El cuarto de baño era también pequeño, demasiado pequeño para dos personas que se duchaban todos los días. Más pequeño se quedaba el piso cuando uno de los nietos de Obdulia se quedaban a dormir en la litera. Paco no aguantaba un niño en un colchón que los hierros de la litera sostenían sobre su cabeza. Por eso la dejó: por falta de espacio en un hogar que nunca sintió su casa.

 Paco llegó borracho. Había cobrado su pensión de prejubilado de los astilleros por la mañana. En tres horas  estaba de licores hasta las cejas. Le olió a ginebra. 

 -Vete -le pidio-. Van a venir mis nietos a cenar y no quiero que te vean borracho.
 -Me quedo.
 -Uno de los niños se quedará a dormir.
 -Es igual.

 Obdulia cerró la puerta. Esperaba que Paco se tumbase en el salón del comedor-cocina y se quedara dormido mirando la televisión. No esperaba que Paco sacara de uno de los bolsillos de su pantalón sucio una navaja y le cortara el cuello.

 A Obdulia no le dio tiempo a gritar. Murió en silencio. No oyó tampoco la frase que Paco le susurró en su oído muerto: todos los hombres matan. Tampoco oyó cerrar la puerta ni el saludo de la vecina que siempre dejaba a su marido encamado solo.

 -¿Has vuelto con Obdulia, Paco?
 -Algo así.
 -Está bien, hombre. Me alegro por vosotros.

 Paco salió del antiguo edificio del casco viejo de Cádiz donde vivió Obdulia. Los nietos encontrarían su cuerpo a las ocho de la tarde. Todavía tenía tiempo para tomar un vermut antes de que lo detuviera la policía.