Caperucita se sentó sobre un tronco derribado por el temporal. Necesitaba visualizar al lobo comiendo a su abuelita. Se sintió horrorizada. No podía permitirlo. Tendría que decirle que no lo hiciera. El lobo podía comer al canario o a aquel gato de la vecina que venía todas las mañanas a comer uno de los chorizos que colgaban de la chimenea.
Todavía estaba visualizando las alternativas al asesinato de su abuelita cuando apareció el lobo. Venía disfrazado de militar.
-Vengo de la guerra -le dijo.
-¿A cuántos mataste?
-No maté a nadie. Sólo estuve mirando como se mataban entre ellos.
Caperucita le pidió que no matara a su abuelita.
-Todavía no ha terminado de pagar la hipoteca de su casa. Si la matas, mis padres heredarán la deuda.
-No sé si podré esperar. Tengo hambre.
La niña sintió pena. La vida era demasiado dura también para los lobos.
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