La noche es un espejo abierto en fotografía anticipada. Lo mira y los ve. Uno a uno van desfilando los días con sus protagonistas hasta el cierre el séptimo día de la creación de la premonición. Con desenfado infantil, la niña los saluda con la mano dándoles la bienvenida al universo rosa de su cuarto desde la litera superior. Debajo, su hermanita duerme abrazada al osito que le regaló la abuela para ahuyentar los miedos.
En el espejo hay un payaso lloroso. ¡Pobrecito! Se perdió y no encuentra el circo. La niña se levanta y da unos golpecitos sobre el traje rojo. ¡Está vivo! Su corazón hace tic tac tic tac. ¡Qué lindo!
Con sus manitas calientes le borra el maquillaje. El payaso sonríe. ¡Es payasa! La niña lo mira, se mira, la reconoce, se reconoce. ¡Es ella!
En la cara cómica ve su cara adulta. ¡Espejo! Mucho has corrido hoy. Los días convertidos en años me asustan. La niña sonríe a la adulta, la adulta llora y la niña queda perpleja. ¿Por qué lloras? La adulta calla, seca las lágrimas con un pañuelo bordado de oro y le dice que se acueste. La niña obedece. Cuando despierta, el espejo está roto en trocitos minúsculos.