
Las flautas, símbolo musical de sus creencias religiosas, son depositadas con sumo cuidado en la choza de la aldea. Es la casa de las flautas.
Cuando el jefe de la tribu va a depositar la suya, un aullido humano rompe el silencio. Sus hombres caen de rodillas tirándose de las cabelleras.
Neiva se presigna ante la escena. Nunca en su vida había visto tantos hombres juntos ávidos de deseo.
El viejo le chilla en un idioma extraño para ella señalándole la puerta pero no entiende... ¿o sí?... Le debe indicar la habitación destinada a tales menesteres. Empuja lo que cree que es una puerta y es recibida por una india desnuda sobre un camastro de maderos. Neiva le dice que se levante porque ahora le toca a ella pero la india no entiende. La mira con ojos desorbitrados y también se tira de los pelos.
Antes de tener tiempo para darse cuenta unas manos la arrastran fuera sin contemplaciones. Es Mateus.
-¡Déjame! -chilla Neiva-. ¿No ves que os he dejado por estos?.
-Nos has arruinado a todos, nena. Has entrado donde no pueden entrar las mujeres.
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Esa noche en el campamento de los garimpeiros nadie duerme. La televisión está apagada porque ya bastante tienen con sus propias penas. Alexandre le grita a Matheus por haber ido a rescatar a Neiva.
-Ya encontraríamos otra cocinera.
-¡La iban a matar!
-Si no anduvieras siempre detrás de ella...
Neiva llora en silencio. No ha parado de verter lágrimas sin consuelo desde que supo que sus huesos podían haber acabado en un puchero. Se promete ir al Valle de la Aurora cuando regrese. Tiene que agradecerle a la otra Neiva la vida salvada de la hogera.
-¡Tiene que marchar! -insiste Alexandre.
-Entonces yo me voy con ella -decide Matheus.
-Es lo mejor.
-¡Dinheiro!
-¡Que te lo dé ella!. Os pago el jornal que os corresponde a los dos y ¡fuera!.
-No discutas, Matheiño. Hay que irse pronto para no acabar en la hogera -solloza, apenada, Neiva-. Tengo que ir a darle las gracias a la tía Neiva.
Alexandre cree recordar que la tal tía Neiva es una médium fundador de un movimiento religioso a unos sesenta kilómetros de Brasilia.
Una media hora después marchan, en pareja, con sus escasas pertenencias.
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Alexandre guarda las cartas. Una es de se madre pidiéndole dinero porque sus hermanas en España ganan mucho pero no le envían nada y otra carta es de Neiva. Siempre le escribe. Dice que Matheus es otro hombre desde que se caso con ella. Viven en Portoalegre repartiendo el tiempo entre el trabajo y la política participativa del ayuntamiento.
En el campamento, piensa Alexandre, también se vive mejor sin ella. Los indios se calmaron cuando vieron que ya no estaba. Alexandre no quiere acordarse de aquel día. Nunca en su vida pasó más miedo. Que él sepa los enawenê nawê no son caníbales pero si te matan ¿qué más da cual sea tu destino de muerto?. Los convenció de que los malos espíritus se habían ido tras Neiva y lo creyeron. Este año tuvieron una buena pesca. Tan buena que hasta lo invitaron a la fiesta porque dicen que les ha traido suerte desde que se hizo jefe del garimpo.
Alexandre también se siente tocado por la suerte cuando cuenta las ganancias. Empieza a creer que los diamantes de Brasil dan más beneficio que la emigración a España.