
Desde una ventana de la biblioteca Fleur contemplaba al grupo que conversaba delante del coche de las monjas. Sus voces le llegaban confusas, pero no se atrevía a abrir un poco la ventana, sobre todo estando Henry en el grupo. Su novio era la persona con mejor oído que había conocido. El menor ruido llamba su atención. Jacques subió al coche de las monjas. Fleur supuso que los habrían informado de su marcha del día anterior. Jacques estaría furioso por la desaparición del coche. Podía estar tranquilo pensó Fleur, el coche estaba en un guardacoches de la ciudad más próxima. Le había dicho a los del garaje por teléfono: "Me voy unos días al extranjero y quería dejar el coche en un lugar seguro". Le dijeron: "traigalo; no hay ningún problema". ¿Qué problema iba a haber si hasta les pago por adelantado?. Jacques era un exagerado y un tonto. Por una cosa tan nimia como un coche se agriaba las vacaciones. Coches como el suyo se fabrican a miles en las factorías de la Citröen. No era para tanto.
¡Qué calor hacía!. Fleur se quitó la camiseta. Deseó haber traído otra bolsa para guardar la ropa sucia. Bueno, no tenía por qué ensuciarla. Con la calor que hacía con la ropa interior tenía de sobra. El hábito era como una manta: una gruesa y pesada. Fleur no se explicaba como los monjes podían resistirlo. Ella por mucha obediencia, castidad y pobreza que hubiera jurado no permitiría a nadie ponerle semejante prenda encima.
Fleur volvió a la realidad aterrada cuando oyó abrir la puerta de la biblioteca. Entró un monje anciano respirando fatigosamente. A Fleur le dio tiempo a ocultarse detrás de una estantería antes de que el monje encendiera la luz.
"Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores
ahora y en la hora de
nuestra muerte. Amén."
-Ayudame virgencita a que los hermanos crean en la verdad de mis palabras. Te doy gracias por venir a verme...
El monje se asomó a una de las ventanas que daban al claustro. A Fleur le vinieron ganas de espantarlo con la linterna para que se largara. Si tuviera el hábito puesto el monje la confundiría con uno de sus compañeros. Fleur intentó ponérselo. Lo metió por los pies y tiró hacia arriba. Ya estaba. ¿Dónde estaba el cordón de atar en la cintura?. Fleur dio un paso atrás, pisó los bajos del hábito y perdió el equilibrio. Trató de agarrarse a la estantería con tan mala fortuna que cayeron varios pesados tomos al suelo con gran estrépito.
Fleur acabó en el duro suelo de piedra rodeada por una pila de libros mientras maldecía su mala suerte.
-¿Qué habrá sido eso?... Ah, los libros otra vez... -murmuró el monje-. Ya le dije yo a Tomás que me dejará a mi enseñarle la biblioteca a los huéspedes. Yo sé como coloco los libros. Pero Tomás dice que el hospedero es él: los demás no podemos hablar con los huéspedes.
Fleur se trato de ocultar tras la montaña de libros caído. A ver si el viejo iba a por ayuda para poner orden en aquel desaguisado y le daba tiempo a escapar de allí.
El monje no tenía tales intenciones. Se aproximó y vio a la joven. Los ojos parecían salirsele de las órbitas. Cayó de rodillas.
-Gracia Virgen María por venir a mi otra vez. Pídeme lo que quieras que yo soy tu esclavo.
"Marcha y olvidame" pensó Fleur.
-¿Me hablas?. No te oigo.
"Ojalá no me vieras tampoco".
-¡Hermano Moisés! -una voz enfadada sonó en la estancia.
"¡Dios! ¡Otro monje!"
-Venga, hermano, Bernardo, venga. Aquí la tenemos.
-¿A quién?
-A la Santísima Virgen Madre de Dios.
El hermano Bernardo, casi tan anciano como su compañero, se acercó. Abrió la boca para chillar, pero no emitió ningún sonido. Dio la vuelta y salió corriendo escaleras abajo. Moisés quedó mirándolo.
-¡Dios mio. qué pecados debe tener!. Huye de la virgen como del demonio. Pídele a tu Hijo, nuestro Señor, que interceda por él ante el Padre...
La "virgen" ya había desaparecido. El hermano Moisés se puso de pie y la buscó entre las estanterías, miró debajo de las mesas, abrió la puerta de los armarios donde guardaban los libros más antiguos...
Mientras tanto Fleur, en ropa interior, con el hábito en una mano y en la otra la bolsa que contenía sus pertenencias, corría por el pasillo de las habitaciones de los monjes, abrió una puerta dos dedos, no vio a nadie y entró. Se vistió el hábito y se tiró sobre la cama. El corazón amenazaba con salirsele del pecho.
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El prior estaba furioso. Aquello se estaba saliendo de madre. Lo menos que necesitaba era que empezaran a circular rumores por el pueblo de apariciones marianas en el monasterio. Justo cuando estaban ganado dinero con los huéspedes y los peregrinos los hermanos mayores se le ponían a chochear.
-Era la Virgen, padre. El hermano Moisés tenía razón.
-¿Tú también viste el manto de luces amarillas?
Al hermano Bernardo le temblaban las manos. Dejó la tila sobre la mesa.
-Bébala toda, hermano. La necesita.
-No, no quiero más... Como le decía, padre, la Virgen que vi yo era Nuestra Señora de las Dolores.
El prior se levantó furioso.
-Ya está bien de tonterías, hermano Bernardo. La chochez se la puedo perdonar pero las blasfemias no se las paso, ¿me oye?. Sólo hay una Virgen María. Igual que sólo hay un Dios y sólo un Jesucristo ¿estamos?.
-Si, padre. Yo quería decir que la Virgen iba vestida como la imagen de las Dolores de la Capilla. hasta tenía sangre en el pecho por las puñaladas. Si, tenía todo el pecho rojo, unos grandes senos y ...
-¡Por Dios, hermano! ¡Calle!. Ya he oído bastantes disparates. Vaya para el oratorio y rece por su alma pecadora.
Mejor será que mande a rezar al otro loco también, pensó el prior.
El hermano Moisés seguía buscando. El prior lo contempló en silencio. Aquello era locura, no cabía duda.
-Ya está bien, hermano. Baje al oratorio y rece.
-Ah, es usted, padre. Pensé que era la Virgen otra vez.
El prior agarró del brazo al anciano y tiró de él.
-Venga, hermano. En el oratorio encontrará la mejor terapia para su enfermedad.
-No debería ir. La Virgen puede volver y no estoy aqui para atenderla.
-Recuerde que prometió obediencia.
-Por eso voy, padre. Yo siempre obedezco.
-¿Necesita ayuda? -le preguntó Henry al prior -. Si quiere yo puedo acompañar al hermano al oratorio.
-No es necesario, gracias.
Henry observó como el prior seguía su camino con el anciano. Allí pasaba algo raro. Los dos primeros días en el monasterio todo había sido tranquilidad y en unas horas todos parecían haber perdido la razón. Henry subió hasta la biblioteca pero no pudo entrar. La puerta estaba cerrada. Volvió sobre sus pasos y tropezó con Jacques.
-Desapareció el coche.
-¿No lo llevó Fleur?
-Eso le dijo a Caroline en un nota que le dejo pero llamé a todas las casas rurales de esta zona y no estaba en ninguna.
-Quizá se registro con otro nombre.
-¿Con un nombre falso quieres decir?. Eso es absurdo. Fleur no necesita esconderse de nadie. Tú ves demasiadas películas, Henry.
-Me parece muy extraño el plantón de Fleur sobre todo teniendo en cuenta lo interesada que estaba en pasar unos días en un monasterio.
-Bueno su interés no era en la vida monacal sino en el arte -le recordó Jacques .-En la Facultad siempre decía que haría cualquier cosa por pasar una noche en el Louvre.
"Cualquier cosa". Aquellas palabras le trajeron a Henry el recuerdo de una Fleur furiosa porque no se le permitía entrar en el monasterio de los benedictinos. Fleur además de una apasionada del arte era una ferviente feminista. ¿Cómo no lo comprendió entonces?. Fleur no se había rendido. En aquellos momentos no estaba en ninguna casa rural. Henry estaba seguro de que Fleur estaba dentro del monasterio.
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El prior estaba repasando las cuentas del monasterio. Las inversiones modernas le resultaban difíciles de entender. Fondos de inversión, deuda pública, acciones, obligaciones,... eran conceptos que escapaban a sus conocimientos. Sólo comprendía que daban dinero y no eran visibles para los ciudadanos que les daban donativos. El asesor fiscal le había recomendado hacer fondos de pensiones para los hermanos más jóvenes; en el futuro podrían disfrutar de unas rentas propias. El prior se había negado en un principio pero ahora estaba reconsiderando la idea. Esas pensiones futuras serían íntegras para el convento. Los hermanos, tras jurar pobreza no tenían derecho a ningún dinero.
Sí, invertiría en esos fondos de pensiones decidió el prior. Anotó en su agenda una visita a la asesoría.
-¿Se puede, padre?
-Pase, hermano.
Era el más joven de los monjes. Cuando hizo los votos tomó el nombre de hermano Samuel.
-No encuentro mi hábito, padre.
-Lo tendrá en el armario de su celda, hombre.
-No, lo envié a lavar pero no está en la cesta que trajeron las hermanas.
-A ver si lo extraviaron. Desde que pusieron con la colada a la monja nueva nunca llegan las cosas como es debido. ¿Usted está seguro de que no lo trajeron?.
-Sí, padre.
-Tendré que llamar al convento entonces.
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Fleur había abandonado la habitación en que se había metido. No era un sitio cómodo ni seguro para ocultarse. Además su objetivo, antes de abandonar el convento, era pasear bajo los soportales del claustro. Para eso necesitaba introducirse en la planta baja.
Envuelta en el hábito y con la cabeza agachada llegó a la despensa del convento. Era un cuarto amplio donde los monjes almacenaban todo tipo de conservas en las estanterías que casi llegaban al techo. Fleur se quitó la capucha del traje y sacudió su corta melena rubia. Esta vez no pensaba quitarse el hábito ni para dormir. Lo último que le apetecía era volver a ser sorprendida en paños menores.