
Fleur corría como alma que lleva el diablo por las escaleras. ¡A la biblioteca! se dijo. La pesada puerta de castaño estaba cerrada con llave. Maldijo por lo bajo. ¿Qué hacía?. El monje informaría al prior de su presencia, la buscarían por todo el convento. Bueno, que la encontraran, pensó. No iba a esconderse como una ladrona. Entonces recordó lo del traje y las comilonas que se había dado en la cocina. "Fleur no estás en tu país. A ver si estos chalados te meten en la cárcel por apropiación indebida". Iría para la habitación de Henry. Al fin y al cabo era su novio. Si la encontraban allí podía decir que Henry la había ayudado a entrar tirándole una cuerda por la ventana.
Fleur oyó voces en la planta baja. El prior estaría organizando la búsqueda. Menos mal que le había dado tiempo a coger su mochila.
-¡La virgen otra vez!-chilló el monje anciano poniéndose de rodillas ante ella -. Madre, no sé cómo hacer para que crean en tus visitas.
A Fleur casi se le para el corazón del susto. Otra vez aquel viejo chocho.
-Ayúdame, Virgen Santísima, tú que eres tan pura y tan bella.
Fleur esquivó al anciano y echó a correr hacía las habitaciones de los huéspedes.
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La búsqueda no dió resultados. No había ninguna ventana rota. La joven debió haber entrado disfrazada con el dichoso traje. El prior revisó personalmente todas las celdas, el oratorio, la biblioteca, el claustro, la capilla... Si fuera uno de los hermanos mayores el que dijera que había encontrado una mujer en la cocina pensaría que chocheaba pero Samuel era el más joven. Sólo quedaban por revisar las habitaciones de los huéspedes. El prior tenía una copia de las llaves pero no le parecía correcto invadir la privacidad ajena. Sería un pecado.
-¿Encontraron a la mujer esa? -preguntó Jacques.
-La estamos buscando. ¿Van a salir?.
-No, vamos a ver el telediario antes de acostarnos.
-¿Les importaría mirar en sus habitaciones?.
-¿Si está la chica? -preguntó Henry asombrado.
-Sí.
-Yo mi habitación la deje cerrada -dijo Jacques- pero voy a mirar.
Henry nunca dejaba la puerta cerrada con llave.
-Jacques mira en mi habitación. Yo no quiero perderme el telediario.
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Jacques contempló atónito como el prior inspeccionaba minuciosamente todos los posibles escondites del cuarto. Miró debajo de la cama, en el armario, detrás de las cortinas... Incluso abrió la maleta por si la intrusa se ocultaba en ella.
-Parece que no está aqui -dijo el prior-. Vamos a mirar en la habitación de su compañero.
Jacques sintió vergüenza ajena cuando abrió la puerta. El desorden era total. Ropa tirada por doquier, zapatos esparcidos por todo el cuarto,, las maletas abiertas, algunas revistas tiradas en un rincón,... El prior no hizo ningún comentario; empezó a buscar. Jacques se puso a recoger la ropa del suelo.
-Vaya... el armario no abre. Parece que su compañero lo ha cerrado con llave. ¿Le importaría ir a pedirsela?.
-Ahora mismo.
Cuando el joven salió de la habitación, el religioso echó un vistazo a la pila de revistas del rincón: "Interviu", "Playboy",... Un pecador bajo su techo. Si no necesitaran el dinero de los huéspedes no los admitiría en el convento, ni siquiera a los falsos peregrinos del Camino. Eran todos unos sin Dios.
-El armario no está cerrado con llave, padre.
El prior tiró la revista al suelo furioso al ser sorprendido mirando aquellas cochinadas. Tosió.
-¿Tiene usted la llave?.
-No. Estaba en la puerta.
-Aqui no hay ninguna llave. Se ve que la perdió -el prior sacó del bolsillo un montón de llaves, buscó la que necesitaba y probó a abrir. Nada. La puerta seguía cerrada.
-Se habrá estropeado la cerradura -sugirió Jacques -.Te quedaste sin parte de tu ropa Henry. Mañana marchamos.
-Aqui nadie queda sin sus cosas -dijo el prior.- Este armario va abrir aunque tenga que romperlo.
-Por mí no lo rompa. No he guardado ninguna cosa ahí dentro.
-Eso ya lo veo -el prior volvió a sacudir las puertas.
-Tenga cuidado, padre -advirtió Jacques -.Puede caersele encima el armario.
-Dios no permitirá tal cosa.
Los dos monjes ancianos se asomaron al cuarto atraidos por el ruido.
-¿Quieren entrar?- los invitó Jacques.
-¿Quién? -el prior se enfureció más al ver a los monjes -.¿Qué están haciendo ustedes aqui?.
-Nos acercamos porque oímos unos golpes y pensamos que nos llamaba la Virgen -explicó el hermano Bernardo.
-¡Ya está bien de locuras, hermanos!. Retirense a sus celdas.
-Yo la volvi a ver, padre -dijo el hermano Moisés.
-¡Retirense, joder!
Todos lo miraron asombrados. Henry disimuló una sonrisa. El hábito no hacía al monje.
-Perdonen -susurró el prior. Volvió a sacudir una de las puertas.
-¿Quiere que pruebe yo? -se ofreció Henry.
-No, gracias. Yo lo abriré -dijo el prior. Apoyó un pie en el armario y tiró con todas sus fuerzas de la manija. La puerta cayó sobre el prior y encima de la puerta una muchacha rubia con las manos enrojecidas.
-¡¡Fleur!! -chillaron sus compañeros.
-¡Oh! ¡La Virgen!. ¡Bernardo!. Ven pronto para verla -chilló el monje arrodillándose ante ella.
Fleur se levantó sola, aparto la puerta caida y le tendió la mano al prior.
-¿Le ayudo, padre?
-¡La Virgen le está hablando! -exclamó Moisés entusiasmado -.¿Ve como era cierto, padre?.
Fleur se volvió hacía el anciano.
-Yo no soy la Virgen, hermano. soy una mujer de carne y hueso que ha entrado en el convento para ver el magnífico claustro.
El prior se levantó.
-¡Váyase, pecadora! ¡Y ustedes también!. En este lugar sagrado no entra ninguna descendiente de Eva a perturbar nuestra tranquilidad.
-No le riña, padre -pidió el hermano Bernardo -.Aunque no sea la Virgen es una enviada de Dios. Mire que bien le sienta el hábito.
-Usted... fue la que robo el traje, ¿verdad?. Y también robó comida de la cocina. Usted es una ladrona.
-No he robado nada -protestó Fleur-. Aqui le dejo su incomodo uniforme. No sé como pueden moverse con tanta tela. Y tome este billete como pago de la comida.
El billete cayó a los pies del religioso.
-Vamos, chicos.
-Pero Fleur, ¿cómo se te ocurrió tal cosa?- se quejó Jacques-. Son las diez de la noche y ni siquiera tenemos coche.