La superiora había llamado a su despacho a las monjas que llevaron la colada al convento.
-El prior me acaba de informar de la pérdida de un hábito. No necesito decirle, hermana Clara, que tiene que encontrarlo.
-Pobrecilla, no sea dura con ella, madre -pidió Teresina .-Sor Clara es tan joven...
-No me interrumpa hermana Teresina. Los hermanos nos envían la ropa para que se la lavemos, no para que la perdamos.
-Debían lavarla ellos, caramba. ¿Qué hacen durante todo el día?. Dios les dio manos como a nosotras. Así no perderían nada.
-¡Hermana!. Le he dicho que no me interrumpa. Y sea más respetuosa con los monjes.
-Sí, madre. Yo los respeto pero no creo que nuestra Clarita perdiera nada. Vi como planchaba los dieciocho trajes. Yo misma los conté.
-Retirese Teresina. Es imposible hacerla callar a usted.
-Gracias, madre. Vamos Clarita.
-No, ella va a venir conmigo a buscar el hábito.
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Sábado
La siguiente noche fue mejor para Fleur. La despensa le resultó un lugar mucho más cómodo tanto para dormir como para esconderse. Esta vez no apareció ningún monje. Fleur decidió dejar su visita al claustro para la mañana del sábado cuando el revuelo del día anterior se atenuara. Mira que eran tontos los dichosos monjes. ¡Confundirla con la Virgen!. Eran las consecuencias de retirarse del mundo. También desconectaban de la realidad, y algunos hasta del sentido común.
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Henry se arrodilló en el oratorio al lado del hermano Moisés. Los monjes terminaban sus rezos previos al desayuno en silencio. Cuando se inició el cántico Henry le susurró al monje al oído:
-Hermano... ¿Ha visto hoy a la Virgen?.
El hermano Moisés lo miró asombrado.
-No. ¿La vio usted?.
-No. La Virgen no visita a los pecadores. Pero me gustaría saber como es.
-Es preciosa. Rubia como un ángel, con una piel blanca como la nieve y delicada como la porcelana... Es...
-Hermano Moisés, ¿necesita que le recuerde la Regla de San Benito? -preguntó el prior.
-¿Cuál de ellas?
-La que dice que el hospedero es el interlocutor de los huéspedes,los demás hermanos no pueden hablar con ellos si no se lo consiente el hospedero.
¡Menudo sitio! pensó Henry. Allí vivían en la Edad Media. No era de extrañar que acabaran chocheando todos.
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Cuando estaban desayunando, entró el hermano cocinero y le susurró algo al oído al prior.
-¡Ya está bien hermano Samuel!. Primero me dice que no encuentra el hábito en la cesta de la ropa y ahora me informa de la desaparición de una tarta de manzana.
-Padre yo hago como nos dijo Cristo, Nuestro Señor: "Cuando habléis, decid si cuando es si; decid no cuando es no".
A Henry le pareció sincero el monje. ¿Por qué iba a mentir?. Quizá algún compañero se dejó caer por la cocina y la emprendió con la tarta.
Aún no habían terminado el desayuno cuando unos gritos traspasaron los gruesos muros del convento.
¡Igualdad!, ¡igualdad!, ¡igualdad!, ¡las mujeres entrarán!
-¿Qué es eso?
El prior se levantó con el tazón en la mano.
-¡Samuel! -chilló-. ¿Qué has hecho? ¿Es que no puedo desayunar tranquilo hoy?.
Ante el convento un grupo de mujeres gritaba consignas contra los monjes. Henry y Jacques temieron ver a Fleur en el grupo.
-Ya sé lo que piensas, pero Fleur no es una revolucionaria -le dijo Henry a Jacques.
-Padre, yo hice como usted me dice siempre. Las mande para el convento de las monjas.
-¿Les dio la dirección?
-Sí. Les dije que estaban también en el Camino.
Ah, eran de esos grupos que hacían el Camino de Santiago, pensó el prior. ¡Si el Apóstol levantara la cabeza!. ¿Dónde iban aquellos cristianos que cruzaban Europa para venerar los restos del apóstol?. Dios no había iluminado al monje Pelagio con una estrella para atraer a tanto incrédulo.
El prior volvió a sentarse. Mejor no hacerles caso. Ya se marcharían.
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Fleur también había visto a las manifestantes. ¡Bien por ellas! pensó. Le gustaría unirse a sus gritos pero no podía echar por la borda tanto esfuerzo para ver el claustro. Aquel era el momento, decidió.
Salió de la cocina justo cuando entraba el monje cocinero con los platos del desayuno.
-¿Quería algo, hermano?
Fleur negó con la cabeza y siguió su camino.
-¿No habrá sido ése el que comió la tarta? -oyó como decía el monje.
"¡Sí!. Estaba riquísima y ahora voy a ver el claustro" quiso gritar Fleur.