Friday, October 17, 2014

Pensión de mala muerte

 Fue imposible pasar un fin de semana romántico en un hotel que resultó ser una pensión de mala muerte. Me negué a acostarme en aquella cama con las mantas roídas por roedores comunes. Mi marido decidió dormir en una silla. Yo paseé toda la noche escuchando los ruidos procedentes del largo pasillo que acababa en la habitación número 13.

 Los dueños de la pensión, madre e hijo, discutieron hasta las dos de la madrugada. El hijo quería meter en todas las habitaciones cinco camas.

 -Los ingleses quieren dormir en camas separadas -decía.
 -No quiero ingleses -protestaba la vieja-. El verano pasado se pasearon por mi casa desnudos. Yo quiero huéspedes decentes.

 Mi marido empezó a roncar cuando se callaron madre e hijo. Parecía estar en las garras de una pesadilla. Lo dejé dormir y roncar. Yo seguí paseando.

 A las siete de la mañana llamaron a la puerta. Era la dueña de la pensión. Nos traía dos cafés y un plato de magdalenas resecas. Le agradecí el detalle sin decirle que su desayuno acabaría en el váter.

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