
El convento de las monjas era completamente distinto. Era un edificio recién construido. Fleur hizo una mueca de desagrado. Los arquitectos modernos tenían mucho que aprender de sus antepasados. Construían edificios demasiado sencillos para el gusto de Fleur quien prefería las fachadas decoradas del pasado.
Las recibió la hermana Teresina.
-Pasen, hijas, pasen. Yo soy la hermana Teresina. Las estaba esperando. El prior de los benedictinos me llamó preocupado por si se habían perdido... Esperad aquí, ese que llama debe ser él otra vez... -corre arrastrando los pies hacía el teléfono-. Si, Tomás, estate tranquilo... Acaban de llegar... Adiós, adiós -cuelga y les sonríe a las jóvenes -.¡Qué hombre!. ¡Es todo preocupación!. Venid por aquí. Estas son vuestras habitaciones -abre una puerta -.Son sencillas como todo el convento. Bueno, nuestras celdas aún lo son más.
-¿No hay teléfono?
-Si. El teléfono está en la entrada. Es de esos que funcionan con monedas.
-Me refería a las habitaciones. Yo prefería una habitación con teléfono -dijo Fleur.
-No, querida. ¿Para qué lo quieres?. Un teléfono es más que suficiente sobre todo si te toca atenderlo. Suena, suena y suena sin parar... No sabéis como echo de menos mi tarea en la cocina. pasé cuarenta años al frente de la cocina en el anterior convento.
-¿Cuarenta años? -preguntó Caroline asombrada.
-Si, hijita. Acabo de cumplir noventa y cinco.
-Nadie lo diría. Yo le echaba... setenta como mucho.
-Ay mi vida, quien los tuviera. Tengo noventa y cinco y llevo setenta y cinco años de monja. Entré con diecinueve años en el convento... Ay, otra vez el dichoso teléfono...
-¿Nadie coge el teléfono? -se oyó una voz autoritaria.
-Ya voy madre, ya voy -gritó Teresina -.Es la superiora -les susurró antes de marchar arrastrando los pies por el pasillo.