Caroline lo pasaba estupendamente en el monasterio. Decía no echar de menos las comodidades porque a quel silencio lo compensaba todo. Incluso había perdido su timidez. Fleur estaba asombrada con el cambio de su compañera en un par de horas. Caroline, siempre tan reacia al trato con desconocidos, hablaba con las monjas como si las conociera de toda la vida.
-Son tan alegres, ¿verdad?.
-¿Quiénes?
-Las hermanas. Es increíble que unas personas que viven apartadas del mundo puedan ser tan felices.
Eso era cierto. Aquel silencio estaba bien para unos día pero no para toda la vida. En el convento sólo se recibía un periódico y no había ni radio ni televisión. Algunas monjas ni siquiera leían el único periódico que les traía las noticias del mundo.
Llamaron a la puerta. Caroline fue a abrir.. Era la hermana Dolores.
-Tienen visita -les dijo-. Unos chicos tan guapos... Vengan, vengan.
Caroline sonrió ante el entusiasmo de la anciana.
-¿Fleur?
-Ya voy.
Fleur estaba indignada. Había llevado el coche para que no vinieran y allí los tenía fastidiando sus planes. ¿No les había dicho que eran unas vacaciones separadas?. La brillante idea de dejarse caer por allí era de Henry, seguro.
-El más alto se parece a un novio que tuve yo -estaba diciendo sor Dolores -.Éramos tan jóvenes entonces... pero aún así me acuerdo de él. Fue mi primer amor.
-El primer amor nunca se olvida -afirmó Caroline.
-Sí, siempre se recuerda. Incluso ahora sigo rezando por él de vez en cuando.
Abrió la puerta del comedor.
-Aquí están.
-Permitame que se los presente, hermana. Jacques, mi marido, y Henry, el novio de Fleur. Esta es Sor Dolores -dijo Caroline.
Los dos hombres estrecharon la mano de la monja.
-Son guapos los dos. Les estaba diciendo a las chicas que usted se parece a un novio que tuve yo -le dijo a Henry.
-No creo que nos parezcamos, hermana. Yo no hubiera dejado a una mujer tan hermosa como usted.
-Oh... ¡qué adulador es!. Con noventa y ocho años ya no soy hermosa. Entonces sí que lo era... Todos los chicos estaban enamorados de mi pero yo los dejé a todos por una amor muy grande...
-¿También la dejó ese amor? -preguntó Caroline.
-No, hija. Aún me acompaña. Él siempre está conmigo y yo con Él.
-¿Por qué no se caso con él, entonces?
-Oh, si que me casé. Soy su esposa. La esposa de Cristo. Todas las monjas nos casamos con él.
Fleur sintió un escalofrío ella no era creyente. Le parecía imposible que una persona pudiera creer semejantes cosas.
-Hermana, me manda la superiora a recordarle la hora del rezo individual.
-Ya voy. La cena es a las nueve en esta sala. ¿Se van a quedar a cenar ustedes?.
-¿Podemos?.
-Claro. En esta casa todo el mundo es bienvenido.
-Entonces nos quedaremos -repuso Henry sin apartar la vista de la novicia -.¿No nos presenta a su compañera?.
Sor Dolores se volvió hacia la joven monja.
-Hermana Clara, puede volver a sus tareas.
-Sí, hermana.
-Yo tengo que ir a rezar.