
Henry consultó el reloj. La cena no se servía hasta las nueve. Aún faltaban dos horas. El tiempo se le hacía eterno. Henry no era como Jacques que disfrutaba del silencio o como Fleur que podía pasar horas y horas visitando museos o edificios antiguos. A Henry le iba la actividad, el ruido, la música. Fleur tenía razón: se arrepentía de haberse sumado a la excursión. No sabía dónde se metía. El pensaba que el Camino de Santiago sería una zona de marcha, con muchas discotecas por las carreteras y bares nocturnos. Fleur le había dicho que era una peregrinación artística llena de turistas. Se suponía que los turistas necesitaban lugares de diversión.
-Oye, ven a ver el claustro -le dijo Jacques -.Es una preciosidad. Me dijo el prior que fue construido en el siglo XVI.
-Déjalo, Jacques. Sabes que no entiendo nada de arte.
-El arte no es cuestión de entender, es sentimiento.
-Eso dice Fleur -apagó el cigarrillo en un cenicero -.Sabe Dios lo que está tramando a estas horas. ¿No te parece raro lo de las vacaciones separadas?.
Jacques se rió.
-Ves demasiadas películas, amigo mío. No hay nada raro. Fleur, en el fondo, es una persona práctica. No desperdició un viaje a esta zona apartada del mundo por una norma absurda. Quería pasar unos días en un convento y los pasa. ¿Qué más da un monasterio u otro?.
-Tú no conoces a Fleur. Voy a ir a verla ahora. ¿Vienes?.
-¿Cómo vas a ir?.
Se habían llevado el coche recordó Henry. Tendría que llamar un taxi.