Es un robot y lo sabe. Encarna escribe con su mano rígida sin prestar atención a las miradas curiosas de los clientes del bar. Su vecina de mesa asoma la cabeza al papel. Lee las anotaciones de Encarna y, aterrada, abandona el local.
Encarna mira como la mujer se aleja con un temblor que la hace tambalearse sobre unos zapatos de tacón que han conocido tiempos mejores. Desde la ventana del bar ve como la mujer para un taxi. La mujer tira su abrigo azul antes de subir y enfunda sus pequeñas manos en unos guantes de color rojo que hacen juego con los rizos de su cabeza despeinada.
Una mujer que pide limosna recoge el abrigo, lo viste y sale volando. Nadie se sorprende. Sólo Encarna grita cuando ve como un halcón maltés la atrapa con su pico. Un camarero se le acerca y le ofrece un caramelo.
-No, gracias -le dice Encarna
-Aceptelo, señora. Sólo le regalo caramelos a las mujeres guapas que escriben poemas de amor.
Entonces el techo cruje y una viga se rompe en dos trozos perfectos que caen a ambos lados de la mesa de Encarna. Después cae la mujer que había leído las anotaciones de Encarna. El camarero carraspea. La mujer abre la boca y enseña dos colmillos de vampiresa.
-No puedes hacerme nada -le dice Encarna-. Soy un robot.
Y sigue escribiendo en su agenda.
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RELATO PRESENTADO AL I CERTAMEN CARLINGA DE RELATOS CORTOS DE CIENCIA FICCIÓN